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Francisco Azuela
Bolivia
La voz del Che Guevara
A Pablo Neruda
Anoche tuve un sueño, creí que estaba profundamente dormido; pero no fue así, era una sensación muy extraña, como en un estado de vigilia.
Era una noche húmeda y fría, ventosa, afuera un cielo brumoso, por la ventana el viento penetraba bruscamente rasgando las cortinas, haciendo revolotear las páginas de un enorme libro viejo, abierto sobre una mesa. Una sombra, presencia imperceptible, cerró la ventana con un movimiento rápido, las hojas del libro y las cortinas de lino dejaron de fatigarse. Entonces oí una voz, una voz muy especial, inconfundible, era la voz del “Che” Guevara que me decía:
- Oíme mexicano, hay un punto pendiente en la historia final de mi vida, es sobre mis restos, tenemos que hablar sobre Vallegrande, La Higuera, la Quebrada del Yuro y la Cañada del Arroyo. Soy Tatu, el mismo Ramón que llegó a La Paz. Adolfo Mena González. Soy Ernesto Guevara de la Serna, el “Che”.
Abrí los ojos asombrado, no podía creer lo que me estaba sucediendo y, al mismo tiempo, no sabía si realmente estaba dormido o despierto. No era capaz de decir nada, ni de pronunciar una sola palabra, estaba sobresaltado, perturbado, estupefacto y me iba llenando de una angustia difícil de explicar. Pensé por un instante que se trataba de mi imaginación cuando volví a escuchar esa voz poderosa.
- Mexicano, no quiero provocarte un estupor ni causarte un mal, pero es bueno que hablemos, hay mucho que decir, cuando estalla el silencio se develan grandes verdades.
Sentí paralizado todo el cuerpo, desperté de verdad, eran las tres de la mañana y salí huyendo. La noche estaba estrellada y bajo la Cruz Andina solté lágrimas de pena y de sentimiento. Seguía escuchando la voz del Che como una revelación misteriosa, historia rota en el sendero del sueño, su voz viajando por la Cordillera Real de los Andes, como un canto a la vida, a la posteridad
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